EL DESIERTO DE LA MODERNIDAD. CRISIS Y OPORTUNIDAD

“Pero en el sistema, el mal mas profundo es precisamente aquello que lo hace funcionar: su eficiencia programada, unilateral, monótona; el formalismo burocrático, la tediosa rutina cotidiana, la homogeneidad, el aburrimiento, la corrección, las generalizaciones, la uniformidad”.
J. Hillman - El pensamiento del corazón
Llevamos ya varios años asistiendo, no con cierto asombro, a los derrumbes en cadena de los sistemas en los cuales se desenvuelve nuestra vida. Se originó en el occidente así llamado “civilizado” para que luego se expanda por todo nuestro mundo globalizado. Cierto, se trata del sistema financiero, pero también de la confianza sobre la que se fundamenta la vida económica y social siempre creada por nuestras “sólidas” convicciones y concepciones.
Y todo de repente, sin que nada perceptible haya cambiado para nosotros hombres ingenuos y “prácticos”, excesivamente aplicados a los temas existenciales que nos emplazan a actuar. Una enorme cantidad de energía espiritual, como debemos llamar a este afán humano continuado, se gasta sin cesar para la más pura sobre vivencia. Así resulta que nos encontramos sumergidos cada vez más en las tareas diarias del trabajo, de los inevitables asuntos de la economía. Todo para asegurar un consumo insostenible de energía para asuntos mas que domésticos, necesitados de un confort tóxico, con la salud en deterioro, el aire poluado, los alimentos desnaturalizados, las relaciones entre los semejantes enajenadas en base a los nuevos y ahorradores encuentros virtuales, con premura, con prisas, y el tiempo apresado, pagando precios exorbitantes para el espacio y el derecho a residir en parte alguna, consumiendo un ocio mediatizado y una cultura sin cultivo. En fin, bien abocados en el consumo de todos estos componentes de un más que discutible bienestar, que el sistema garantiza que estará a disposición de algunos pocos y sin embargo fuera acareado amargamente por muchos otros.
Y bien, los sistemas son una creación conjunta y co responsable que los hombres nos hemos dado en base a las ideas que nos hemos formado sobre la realidad y de las leyes internas que gobiernan lo social, lo económico y no pueden ser de otra naturaleza más que semejantes a su genuina concepción humana. Todos se generaron primero en el pensamiento para que luego tengan vigencia en la calle, en el parlamento o en el mercado. ¿Pero realmente estamos preparados para corregir los inevitables errores de concepción tal como convulsamente se empeña la vida en demostrarnos? ¿Podemos adquirir individualmente las facultades para pensar lo social, lo económico, la ciencia, el dinero, la cultura o tenemos que resignarnos a que cada vez sólo los especialistas nos lo aclaren?
O, tal vez, tenemos que resignarnos con ingenuidad y considerarlo todo inevitable, como si de un fenómeno natural se tratase, sin reparar en nuestra corresponsabilidad en legitimar reiteradamente las ideas y los impulsos que llegaron a concebir lo que nos rige en la actualidad.
No caeremos en la tentación de un discurso anti-sistema, sino más bien, trataremos de averiguar lo esencial de su génesis y la necesidad real de su existencia. Tampoco haremos un diagnostico pormenorizado de los males, que este u otro sistema igualmente generan y para los cuales los mismos no disponen de remedios, demostrándose estériles para su propia regulación y corrección en la práctica. Pocas veces, se nos ofrece la oportunidad para pensar por nosotros mismos, es decir tratar de enfrentarnos con semejantes preguntas “ontológicas”, salvo cuando asombrados caemos en la cuenta de que no comprendemos, o cuando tenemos que asumir una contradicción, una disonancia, o simplemente, cuando nos encontramos en una crisis.
¿Pero, qué hay de malo en un sistema? Lo que hemos descrito no son más que los lamentables efectos de su existencia sistemática.
“Pero en el sistema, el mal mas profundo es precisamente aquello que lo hace funcionar: su eficiencia programada, unilateral, monótona; el formalismo burocrático, la tediosa rutina cotidiana, la homogeneidad, el aburrimiento, la corrección, las generalizaciones, la uniformidad. Pensamiento nulo y nula receptividad. La forma sin ánima se convierte en formalismo, conformismo, formalidades, formulas, formularios…La cultura queda relegada, permanece secuestrada en el gueto de las cosas bellas: los museos, el Ministerio de la cultura, la música clásica,…Lo general y lo uniforme se realizan antes en el pensamiento que en la calle. Se realizan en el pensamiento cuando perdemos el contacto con nuestro corazón, cuando el corazón deja de conmoverse. Esta no es solamente una sensibilidad superflua: es verdaderamente nuestra sobre vivencia… Toda ello, pasa inadvertido, sin nuestra intervención, con el corazón anestesiado que no reacciona frente a lo que ve y que convierte por lo tanto el abigarrado y sensual rostro del mundo en monotonía, en uniformidad, en unidad, en el desierto de la modernidad.….Conmoverse, asombrarse, devuelve el alma al hombre, inicia un pensar y un comprender con el corazón que engendra el coraje necesario para dejar de lado la ingenuidad pasiva. Cuando estamos aburridos, hastiados, an-estesiados, estas emociones de desolación constituyen precisamente las reacciones del corazón a la vida anestésica de nuestra civilización, a los sucesos que son mera banalidad, que no nos conmueven.[1]”
Lo que aquí nos resulta tan reconocible, verificable en el corazón de todos los hombres contemporáneos, es el desierto de la modernidad, que James Hillman acierta plenamente en averiguar como se gesta. Forma sin alma, pensamiento nulo, pasividad, vida anestésica, desolación. J. Hillman, hombre de corazón, bien tiene experimentada la cuestión en la psicología clínica, como la actual psicología -ciencia del alma- llegó a perder el alma en su actual concepción. Con mucho fundamento propone y práctica el re-imaginar la psicología, pero sobre todo nos ánima a comenzar estar activos, a romper nuestra pasividad y asombrarnos, conmovernos.
Recientemente aparecía en la prensa un comentario de un columnista habitual que contenía un pensamiento que me llamó mucho la atención. Refiriendo se a la actual “crisis”, que entre otras calificaba de “inducida”, sostiene: …de alguna manera, y tal vez nunca expresada conscientemente, esta crisis la estábamos deseando todos…
Parafraseando sería:..todos teníamos un presentimiento, o un sentir no-confesado, de que las cosas no pueden seguir tal como las estamos llevando… Había un sentir común de lo insostenible, y eso que el termino ya se venía utilizando desde bastante tiempo vinculado a los movimientos ecologistas, al cambio climático, a las fuentes de energía no renovables, y un largo etc. situado en la misma dirección. A todo esto se lo ha llamado desarrollo insostenible. No recuerdo que haya habido resistencia alguna a esta calificación de los tiempos modernos.
Sin embargo, lo verdaderamente difícil resulta vincular esta problemática con nosotros mismos y nuestra vida cotidiana, ya que difícilmente sino imposible, podremos realizar vinculo alguno con algo que se nos presenta como Una circunstancia totalmente abstracta y fantasmal. Uno sólo puede relacionarse con la propia circunstancia perceptible y por lo tanto pensable, pero no con entelequias, véase en este caso cualquier sistema formal que funcciona mecánicamente.
La tan estimada democracia formal prescinde de nosotros una vez obtenida su legitimidad a través del voto. Una vez expresado el voto serán representantes supuestamente conocidos quienes tengan la responsabilidad. Mientras, el hombre tendrá que esvanecerce y desaparecer, hasta la próxima convocatoria electoral.
Tal vez hayamos pensado que no hay otro remedio que renunciar, aceptar el mal menor y seguir tirando con esperanzas infundadas que nuevos acontecimientos, casí siempre de violenta intervención como nos muestra la historía, puedan aportar los cambios necesarios. Vemos como las soluciones para la crisis financiera global, y luego la económica son formuladas por los mismos que crearon el problema. Se explicita la necesidad de crear conscientemente un vinculo personal con todos los elementos que intervienen en la cultura, la politica y la economía. El reciente movimiento popular del 15M, nos señala al menos, que los anhelos de los jóvenes, y no tan jovenes, van buscando otros caminos y en sus asambleas permanentes, aparte de la indignación, tratan comunitariamente de llegar a nuevas concepciones sobre la democracia y lo social y encontrar la claridad sobre nuevos principios que rijan la cultura, el derecho, la economía y las finanzas.
Pero también es verdad, que es mucho lo que un hombre, individualmente, pueda hacer si esta dispuesto a abandonar la pasividad. Desde luego su incidencia no será cuantitativa tal como ocurre con el voto, pero tal como dilución homeopática su cualidad potenciará soluciones reales, derivadas del sentido común, criterio propio en base a propias percepciones e intuiciones, en fin de todo aquello de cual uno puede hacerse en la práctica responsable si decide dejar de delegar este núcleo moral de los propios actos, que en el fondo nos cualifica verdaderamente como seres humanos.
Continuará
[1] J. Hillman, -El pensamiento del corazón- Ed. Siruela





















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