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RECUPERAR ESPAÑA / EL PRINCIPIO Y LO PRIMERO

6 ene 2017
6 min de lectura

Hace años ya, que mi amigo y maestro Jaime Padró escribió este artículo, que para aquel entonces publicábamos en la revista "Cuadernos de Arte Social". Su contenido, buena muestra de su cualidad de los Principios, no ha perdido ni un ápice de actualidad. Hoy, día señalado de los PRINCIPIOS, pueda servir para remembrarlos. Vlad Apetrei.


"Recuperar España significa devolverle este elemento ontológico del que nunca debería haber salido, que fue sentido y vivido por poetas, escritores y artistas, que permita la referencia obligada para encontrar una estabilidad y que es capaz de regular naturalmente los excesos de fuerza coagulante del centro y diluyente de la periferia."


En el mundo griego era bien conocida la diferencia ontológica que existía en los principios y su desarrollo. Aristóteles parte de esta distinción cuando define su teoría del conocimiento como la ciencia de los primeros principios: theo-rein (energía de Dios-Teoría). Lo teórico en sentido estricto es la ciencia general de los principios de la cual surgen todas las ciencias particulares. Pero el principio, por ser general, no era algo abstracto para un griego, sino aquello relacionado con el origen que se encuentra fuera del espacio y del tiempo, y que a su vez es el mismo fundamento de ellos así como de todo desarrollo posterior del Cosmos. Hasta el siglo XVII los principia constituyeron el fundamento mismo de la filosofía, momento en el cual el empirísmo inglés (Locke, Hume...) principalmente propone la experiencia como fundamento del pensar y los conceptos, mientras que un griego pensaba “arriba a abajo” el hombre moderno lo hace de “abajo a arriba”.


Aún en la Declaración de Derechos del Hombre del siglo XVIII podemos observar cómo se establecen unos principia, que apelan al origen y no a los acontecimientos del tiempo sucesivo que son derivados de los anteriores. Uno se acuerda de los principios generales del derecho como elemento formador, la base de la filosofía del derecho, desde la cual se desarrollan las legislaciones particulares. En otra disciplina como es la matemática tenemos el ejemplo de los postulados, principios indiscutibles a partir de los cuales derivan todos los teoremas. El problema es que ontológicamente se ha perdido el sentimiento de lo que es un principio, y por lo tanto su sentido práctico. En política podemos ver cómo, aparte de EEUU con su constitución, se ha perdido la noción interior de lo que es un principio.


Cuando Mircea Eliade trata del mito del origen –o mito del principio- encuentra cómo en toda la humanidad la palabra origen no indica lo primero que aparece, sino precisamente lo que está detrás de ese orden sucesivo que se da en el mundo de lo creado. El problema es que el intelecto, cuya base es el discurso, reconoce sólo el orden temporal, el ámbito de lo primero, y la sucesión del pensamiento discursivo encuentra su límite en la comprensión de los principios. Ésta sólo puede darse en la actitud contemplativa, que pertenece más a la razón como elemento sintético, que al intelecto, exclusivamente analítico.


El gran filósofo Kant, reconoce el intelectus archetypus como aquél que es capaz de conocer los principios, pero declara la incapacidad del hombre y afirma que éste es el intelecto divino, reconociendo naturalmente el intelecto discursivo que le conduce a la razón práctica. Goethe invalida esto con los hechos, con sus investigaciones científicas, éstas derivan del reconocimiento de los principios. En sus estudios sobre la metamorfosis de las plantas descubre la planta arquetípica original –ürplanfze- que recoge todas las plantas posibles, y de la cual las plantas sensibles son manifestaciones temporales y particulares.


En España, Ortega y Gasset, como buen hegeliano, encuentra esta relación entre el principio, de carácter original y arquetípico, y sus consecuencias o derivadas. Así habla del Yo y sus circunstancias. Las circunstancias están sometidas al orden temporal y, por supuesto, al cambio; pero los cambios no surgen de la nada, ni de un capricho, ni de un interés partidista, sino de su conexión con los principia –Yo- que le dan su contenido y sus límites. De tal manera que los cambios tienen dos polos, uno los principia y otro las circunstancias espacio-temporales que se van modificando. Una tensión artística entre ambos polos da a las palabras crecimiento y desarrollo un carácter de organicidad, de vitalidad y equilibrio, que permite conjugar lo permanente con el cambio, lo general con lo particular.


Como decíamos antes, la población de EEEUU tiene un sentimiento natural de este principio, que todo americano reconoce y ve reflejado en la constitución; que a mi modo de ver crea un equilibrio entre lo permanente y el cambio, entre lo creado por los padres de la patria y todo lo que sucede después. Es decir, el principio de estabilidad no tiene tanto que ver con un inmovilismo como con una relación artística entre lo permanente y lo cambiante. Culturalmente confundimos muchas veces lo permanente con lo estático, si lo hacemos dotamos a lo permanente de una situación de temporalidad que no le corresponde en absoluto, ya que lo permanente no es dinámica ni estático, ni móvil ni inmóvil, sino que simplemente se encuentra fuera de estas categorías.


De nuevo Mircea Eliade, al investigar el rito curativo, observa cómo el mito del origen, de lo permanente, de los principia, es el contenido al que apela todo curador como remedio a la enfermedad en todas las culturas. Por lo tanto, en sentido ritual y real, para curar cuando se está enfermo es necesario un remedio que relacione el cambio con lo permanente, si no a la enfermedad, como toda unilateralidad, no se la encuentra un punto de equilibrio, la salud.


España tiene la gloria de que uno de sus hijos, Miguel de Cervantes, creara El Quijote, por todos conocido, y arquetipo universal de la humanidad. El éxito de la novela radica en la “sanchización” de Quijote y la “quijotización” de Sancho, es decir, el complemento entre las circunstancias espacio-temporales y el ideal intemporal. Ese compromiso filosófico-moral entre ambos es lo que permite la formulación de lo español como la unidad en la diversidad, y que muy acertadamente un Ortega de treinta años plasmó en sus Meditaciones del Quijote, fundamento para lo que él denominó su proyecto España. El éxito del Quijote radica en la identificación de la dinámica de la novela con lo humano universal, por lo que meditando el Quijote no es difícil percibir en lo llamado español algo que tiene que ver con los valores universales del hombre. Pensemos cómo todos los grandes escritores europeos se inspiraron en El Quijote: Schiller en Alemania, Dostoievski en Rusia, C. Marlowe en Inglaterra, etc. Así como todos los grandes escritores sudamericanos y los políticos emergentes que pedían la independencia sudamericana como SanMartín, Andrés Bello y Bolívar, han encontrado su raíz en la dinámica del diálogo entre Quijote y Sancho.


En España este principio ha sido buscado con gran anhelo, fundamentalmente en el periodo de principios del siglo XX. La generación del 98 trató de encontrar a España como principio, que era algo intangible, pero reconocible desde la especial sensibilidad de estos grandes hombres que intuían este principio formador que daba sentido común a toda particularidad. La clase cultural principalmente, pero también la clase política, pudieron reconocer intuitivamente a España como principio que permite todo intercambio (inter-regional, inter-provincial…). Existía por parte de algunos esta noción de intercambio que tenía que ver con el respeto mutuo de las respectivas tradiciones locales, y con el intercambio entre ellas; y España, o lo español, era el tejido que unía y daba solidez a todos esos intercambios.


Mucho más atrás encontramos el ejemplo medieval de Toledo, que daba un ejemplo al mundo de convivencia, intercambio y tejido común entre las tres culturas. En Toledo los musulmanes portaban el elemento cultural, los judíos el económico y lo cristianos el jurídico; a este intercambio invisible que tejía en un cuerpo común tres culturas es a lo que se llamaba España o Sefarad, Crisol de Culturas. Aún hoy en día la población de origen sefardita se refiere a esto cuando expresan la idea de “soñar Toledo”, quinientos años después permanece en la memoria que en un tiempo era posible el sueño de la unidad en la diversidad.


Por lo tanto lo español permite y consiste en la unión que da firmeza común a todo lo diverso, como bien vio

Ortega se trata de un proyecto de vida común capaz de integrar la fuerza de tradiciones diversas. Y así España no es un centro, ni las nacionalidades la periferia; si queremos recuperar a España como principio vivido y presentido desde tiempos inmemoriales hasta casi nuestra época, es necesario que se distinga políticamente entre lo permanente y el cambio, y no identificar lo permanente con un centro espacial, geográfico, ni tampoco con un elemento temporal organizativo que controle la periferia desde el centro; sino, fuera de lo temporal y lo espacial, reconocer el sentimiento del principio que garantiza la convivencia entre todas las diversidades. Por lo tanto tampoco puedo identificar las tradiciones como un particularísimo excluyente en razón de sus características geográficas y lingüísticas, y que no tiene nada en común con el resto, es decir, perdidas de su origen y fundamento, desfondadas.


Recuperar España significa devolverle este elemento ontológico del que nunca debería haber salido, que fue sentido y vivido por poetas, escritores y artistas, que permita la referencia obligada para encontrar una estabilidad y que es capaz de regular naturalmente los excesos de fuerza coagulante del centro y diluyente de la periferia. En frase de María Zambrano lo español tiene que ver con la razón poética de todas las Españas, y con ello dar un ejemplo formador al resto de Europa que comparte en estos momentos el mismo problema: ¿Cómo se conjuga la unidad con la diversidad?.


Jaime Padró, es presidente de la Fundación Círculo de Arte Social / www.circuloartesocial.com

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