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RUDOLF STEINER Y EL PENSAMIENTO VIVIENTE

1 may
11 min de lectura


El Pensar en la época de la Pasividad

<Un elogio a la Filosofía de la Libertad>

 

Hay un rasgo del hombre contemporáneo que impacta más que cualquier otro. Su tendencia a vivir en el reflejo de las cosas que ya no se encuentran en su fuente u origen viviente. Uno piensa, sí, pero de manera débil, descriptiva, como alguien que observa las cosas desde atrás. La mente registra, compara, ordena, pero rara vez participa. Nos contentamos con entender los acontecimientos como cadenas de causa y efecto, reconocer la regularidad y predecir reacciones. Es un pensamiento superficial, un pensamiento sin conexión. La inteligencia observa el mundo, pero ya no lo toca. En la modernidad, esta forma de pensamiento, lo pasivo se ha convertido en norma. La ciencia natural, en su poder, ha impuesto un modelo de conocimiento que describe, pero no anima, explica, pero no participa. El hombre moderno se ha convertido en un espectador de la realidad, no en el actor. Su mente procesa imágenes, representaciones, mapas conceptuales, pero el flujo interior de la vida pensante, este fuego silencioso que era en la antigüedad sentido como nous, como presencia espiritual, se ha extinguido en gran medida o dormido. Sin embargo, en esta crisis, el pensamiento también esconde la posibilidad de un despertar.

 

Rudolf Steiner comprendió, como pocos otros, el alcance de este cambio. En el momento en que la consciencia parece más árida, se abre la posibilidad para redescubrir el pensamiento como acto interior, como una fuerza viva, como voluntad en acción. Steiner nos invita a revertir la postura mental habitual, donde ya no es el pensamiento que observa la vida, sino la vida que piensa en nosotros. Ya no más el intelecto que registra pasivamente las formas del mundo, sino la conciencia que crea el pensamiento como un respiro, es decir como un acto esencial y vital.

 

Estas reflexiones parten de esta necesidad para redescubrir el pensamiento activo como un centro interior de libertad. Esta no es una pregunta teórica, sino una práctica del alma. Steiner en su Filosofía de la Libertad resume con gran intensidad su intuición central, que el pensamiento no es un proceso automático, sino una acción espiritual, un movimiento de la voluntad que, si se reconoce y experimenta conscientemente se convierte en la fuente de toda la verdad, moralidad y libertad auténtica.

 

Un texto breve, que, tomado como una meditación, es capaz de abrir todo un horizonte de la experiencia espiritual. Lo proponemos como una meditación sobre el pensamiento mismo:

 

“Para el hombre de hoy, pensar significa observar pasivamente los acontecimientos y hacer representaciones sobre su regularidad o irregularidad. Deja que los pensamientos sobre los acontecimientos divaguen, aparezcan y existan de alguna manera en el alma humana. En comparación, en la Filosofía de la Libertad, he destacado el elemento activo del pensamiento y subrayé cómo la voluntad interviene en el elemento pensante y como se puede percibir, se puede tomar consciencia de uno mismo en esta actividad interior llamada pensamiento puro, y como de este pueda surgir realmente un impulso moral. Por lo tanto, intenté mostrar la influencia, el impacto de la voluntad en el mundo pasivo del pensamiento y el despertar del mundo de esta manera, algo que el ser humano se pueda dar cuenta activamente en su interior.”

Estas pocas líneas contienen una revolución silenciosa. La idea que el pensamiento no es sencillamente un registro, sino una acción interior, una forma de vida espiritual en la que la voluntad despierta y se convierte en conocimiento. Es el punto de partida de la cual surge toda la filosofía de la libertad, una nueva visión del hombre que puede crear en el pensamiento su propia libertad.  

 

El Pensamiento pasivo del hombre moderno; el diagnostico de Steiner es tan simple como desconcertante: para el hombre de hoy, pensar significa observar pasivamente los acontecimientos y hacer representaciones sobre su regularidad o irregularidad. Detrás de esta formula aparentemente neutra se esconde un cambio trascendental en la conciencia de todo occidente. Pensar para la mentalidad moderna ya no es un acto interior, sino un reflejo mental que se limita a reproducir las formas del mundo exterior.  

 

El hombre, al enfrentar la realidad ya no la generada desde dentro, del espíritu, lo describe como algo que le es extraño y encerrado en si mismo como un observador frente a una pantalla. Esta reducción del pensamiento a la pura observación no es solo un hecho psicológico, es una visión del mundo. Es el resultado de la larga parábola del pensamiento científico moderno, que desde Galileo y Descartes en adelante educaron al hombre mirar la naturaleza como un sistema de leyes mesurables, de fenómenos cuantificables de relaciones impersonales. Por lo tanto, la mente se ha vuelto un laboratorio de representaciones, más bien que un órgano vivo de de participación. El universo, desde un ser hablante y simbólico se ha convertido en un mecanismo silencioso y el hombre en un técnico del pensamiento, ya no un pastor del Ser. Como diría Heidegger más tarde.

 

Steiner observa que en esta condición el alma humana se acostumbra a un pensamiento que solo aparece. Surgen ideas, fluyen, se ordenan en la mente como imágenes en una pantalla interior, pero uno no las siente como propias. Así aparecen, no surgen de un acto consciente. Es una diferencia sutil, pero crucial. En el primer caso el pensamiento es un fenómeno, en el segundo es un acto de voluntad. Es en esta pasividad del pensar donde surge la crisis de la subjetividad moderna. El hombre está lleno de representaciones, pero pobre en presencia. Casi se puede decir que el pensar moderno es un pensamiento sin centro. El Yo se convirtió en un observador neutral, un coordinador de datos, un gerente de conceptos, pero ya no participa en la génesis del pensamiento. Para Steiner, el pensamiento ha perdido su personaje vivo, se separó de la fuerza de voluntad. En la consciencia moderna, este no quiere sus pensamientos, los recibe , los toma, deja que sucedan. Es como si la mente dentro de nosotros dejara de respirar. Steiner, sin embargo, no se cierra en esta situación, el ve en ello un punto de partida. El hecho que el pensar se haya convertido en pasivo, permite por contraste descubrir la posibilidad de un pensamiento activo, puro, libre y no impuesto por los hábitos y sentidos.

 

Es el momento en el que el hombre, sintiendo el silencio del pensamiento muerto, puede reconocer la necesidad del renacimiento de un pensar vivo. La transición de la contemplación pasiva, a la creación. El gesto entonces se vuelve consciente y decisivo para la libertad. El elemento del pensamiento activo es el descubrimiento de Steiner.

 

Frente al pensamiento que se ha convertido en espectador, Rudolf Steiner hace una reversión radical, devuelve al pensar su poder de acción. La idea que propone en la Filosofía de la Libertad es que el pensar como acto más puro no es una función cerebral ni una reacción a estímulos externos, sino más bien un acontecimiento espiritual, un gesto de la consciencia que coincide con la voluntad de saber. Pensar no es algo que sucede en nosotros, es algo que hacemos. Lo que Steiner llama pensamiento puro no es una abstracción, es una experiencia concreta, es el momento en el que nos damos cuenta que estamos pensando. En este momento la mente ya no está dominada por el flujo de representaciones, toma conciencia del propio movimiento. Es como si el pensamiento fuese visto pensando y, en ese reflejo activo que transparenta el acto en sí mismo, la consciencia descubre su propio poder original. Ya no observamos el mundo, sino vemos nuestra actividad cognitiva. De espectador se convierte en protagonista. Steiner afirma que en este punto nace la experiencia de la libertad. En el pensamiento puro, la voluntad no se manifiesta como un impulso ciego, sino como energía consciente que anima el intelecto. Es la voluntad que sostiene la atención, que dirige la concentración, que da forma al concepto.

 

Todo pensamiento verdadero es un acto voluntario. La mente no es una maquina de representar, sino un órgano vivo y pensante en su aliento. Lo que Steiner recupera y supera es la más alta intuición del idealismo alemán. Fichte ya había reconocido que el Yo es un acto, una auto propuesta continua, no un objeto, sino una forma original de hacer las cosas. Schelling había definido la voluntad entendida como poder prerracional original, esencia del Ser más profundo. Goethe, uno de los maestros de la espiritualidad de Steiner, había vivido el pensar como órgano de metamorfosis, capaz de captar la vida en sus formas en movimiento. Pero en Steiner todos estos temas están unificados en una síntesis experiencial. Pensar no solo es lógico o moral, es una experiencia interior de libertad. El hombre, dice Steiner, puede percibir su propia actividad interior en el pensamiento puro. En ese momento descubre que saber es participar en la creación del mundo. Cada concepto, cada idea que surge no solo es una sombra de lo que existe, sino una resonancia de la realidad en la consciencia. El pensamiento se convierte así en el órgano con el que el espíritu humano dialoga con el espíritu del mundo.

 

Ya no se trata de representar la realidad, sino colaborar en su génesis. En esta perspectiva el pensar ya no es un medio de explicación, sino más bien un camino iniciático. El que experimenta dentro de sí mismo el pensar como una voluntad despierta, descubre una fuente inagotable de libertad, porque cada vez que piensa conscientemente actúa en armonía con la fuerza del Creador que impregna el Universo. El descubrimiento de Steiner, por tanto, es doble. Por un lado, el pensamiento es un acto de voluntad, por otra parte, este actuar es la forma más directa de despertar la consciencia moral, la espiritualidad del hombre moderno.

 

La voluntad en el pensamiento es el nacimiento de la libertad moral. Con el concepto del pensar vivo, Rudolf Steiner presenta una de las ideas más decisivas de toda la filosofía moderna, que el pensar no es una simple reflexión, sino un acto de voluntad espiritual. Detrás de cada concepto, detrás de cada juicio que la mente formula, opera una fuerza silenciosa, un impulso activo que no solo recibe el mundo, sino lo recrea interiormente. Aquí es el punto de inflexión de la filosofía steineriana. Pensar no es un fenómeno pasivo de la consciencia, sino la expresión directa de la voluntad cognitiva.

 

Steiner escribe: “..,en el pensamiento puro el hombre experimenta la libertad, porque en ello no es impulsado ni por los instintos, ni por los deseos, tampoco por imposiciones externas. Aquí opera el Yo como un ser espiritual activo.” ( cap. 9 Filosofía de la Libertad) Pensar, por tanto, no es algo que nos pasa, es algo que hacemos. Cuando realmente pensamos, es decir, cuando participamos conscientemente en la génesis del pensamiento, descubrimos que nuestra voluntad no solo es física o emocional, es una fuerza creativa del espíritu.

 

Este momento es el verdadero nacimiento de la libertad moral. En la perspectiva de Steiner, la libertad no coincide con la arbitrariedad ni con la simple ausencia de restricción. La libertad moral es el acto en el que la voluntad, iluminada por el pensar puro, genera un impulso para la acción que no es dictado por pasiones o deberes externos, sino por una intuición ética individual. En este momento el pensamiento se vuelve no solo conocimiento, sino fuente de acción moral. La conciencia está unificada. “El hombre es libre en la medida en que puede obedecerse a sí mismo en cada momento de su vida, cuando el contenido de sus acciones fue conquistado por su pensamiento.”      ( cap. 9 Filosofía de la Libertad).

 

Es un pensamiento vertiginoso: Libertad. No es un don, sino un arte interior. No surge de una ley ni de un principio externo, sino de una fuerza activa que crece en el corazón mismo del pensar. Cada vez que ejercitamos un pensamiento auténtico, cada vez que lo escuchamos surgir desde el silencio como una creación, estamos experimentando en forma embrionaria la libertad moral. La verdadera revolución steineriana es, pues, espiritual. No para cambiar el mundo exterior, para despertar la fuerza dentro de nosotros que piensa y lo hace, quiere de una nueva manera. Solo así, el pensamiento vuelve al Ser, como acto de amor, fuerza moral que une conocimiento y acción, verdad y bondad.

 

Del pensamiento muerto al pensar vivo.

 

Toda la reflexión steineriana sobre el pensamiento culmina en una especie de iniciación interior en el paso del pensamiento muerto a pensamiento vivo, que en última instancia es el corazón de la experiencia de la espiritualidad moderna que Steiner quería devolver al hombre de su tiempo y del nuestro.

 

El pensamiento muerto es pensamiento separado, abstracto, cristalizado en conceptos que no se regeneran. En el fondo es el pensamiento de la maquina, de habito, de repetición. El algoritmo automático es esa forma de pensamiento que reduce la realidad a un esquema, que divide en lugar de unir, que describe, pero sin ver más. Es el pensamiento en el que ya no late la vida porque ha perdido la conexión con la fuente de la que proviene, la consciencia activa.

 

El pensamiento vivo, por el contrario, es un acto en continuo devenir, una corriente de voluntad espiritual que fluye en la mente, que se renueva al mismo tiempo que se manifiesta. En el pensamiento vivo el hombre siente participar en algo que va más allá, que surge de su propio centro. Steiner lo describe así: “En el pensamiento vivo el alma se experimenta a sí misma como parte del asunto creador del mundo.” (Filosofía de la Libertad, cap. 12)

 

No se trata de pensar más rápido o más agudo, sino de uno más real, que no se limita a representar el mundo, sino a recrearlo nuevamente tal como la luz incidiendo sobre un objeto lo hace emerger de la oscuridad de la noche. El pensamiento muerto se detiene en la forma, el pensamiento vivo toca la sustancia. En el primero, el intelecto domina en lo que divide, en el segundo la intuición une. El primero está cerrado, determinado; el segundo es abierto, creativo, ingenioso. Esta fuente es la clave de toda renovación interior. Pensar viviendo significa aprender pensar con el corazón, no en un sentido sentimental, más bien alcanzar el sentido más profundo del pensamiento donde la voluntad y el amor coinciden.

 

En el mundo moderno, donde a menudo el conocimiento se presenta separado de la vida, nos dice Steiner: recordad que solo un pensamiento vivo puede restaurar la unidad perdida del hombre. Pensar viviente implica pensar con presencia, con calidez, con interioridad. Cada vez que una idea nos ilumina y nos transforma, cada vez que entiendes, esto se convierte en amor y en ese momento el pensamiento volvió a la vida.

 

La libertad no surge de una doctrina, sino de este acto silencioso y cotidiano en el que la mente despierta a su propia fuerza creadora. En el momento que el pensar deja de ser una herramienta, para ser un camino, ya no un medio, sino una revelación. En ese camino Steiner vislumbra la misión más alta del hombre moderno, devolver el pensamiento a la vida para retribuir espíritu al mundo. En conclusión, pensar es un acto de amor.

 

En el momento que el pensar se vuelve viviente, deja de ser un proceso cerrado en la cabeza y se convierte en un movimiento del corazón. Cada acto auténtico del conocimiento, es un encuentro entre nuestro yo y la esencia de las cosas. Para saber realmente algo significa acogerlo, amarlo, porque significa querer entenderlo desde dentro y devolverle la voz.

 

El amor en el sentido más profundo, es la capacidad de salir de uno mismo, sin perderse y, eso es precisamente lo que sucede en el pensar viviente. Así, pensar con amor es hacerlo transparente para la vida. Cuando el pensamiento se convierte en un acto de amor, la mente ya no domina al mundo, sino que lo sirve, lo escucha y lo acompaña. En este acto se renueva la libertad moral, porque solo el que ama, entiende, comprende y puede actuar con libertad en resonancia interna con la verdad de lo esencial, de su Ser. Así la verdad no se impone, se revela como una luz que sube por dentro, cuando el alma está lista para darle la bienvenida.

 

La Filosofía de la Libertad de Rudolf Steiner es una pedagogía del amor: Pensar vivo, como forma de despertar la voluntad dentro del pensamiento para hacerlo herramienta de la creación. Toda idea, dice, debe ser pensada con calor, es decir, con ese elemento de vida que transforma el concepto en fuerza moral.

 

Pensar con amor significa entonces traer la luz donde el mundo se vuelve opaco, para darle un nuevo aliento al lenguaje, espesor al silencio y confianza en el tiempo que vivimos. Es un acto creativo y también terapéutico: purifica la mente de la abstracción, cura el alma de la fragmentación, porque cada vez que pensamos de manera viva, el Universo, diría Steiner, piensa con nosotros.

 

Entonces, sí, el pensamiento puede convertirse en una oración, un gesto sagrado, un acto de amor, una forma de hacer visible de nuevo el espíritu que se esconde en el mundo y, sentir en lo profundo, que el saber nunca es separar, sino reunir.

 

Traducción y compilación, con gratitud, Vlad Apetrei

Rudolf Steiner e il Pensiero vivente: quando Conoscere diventa Amare / Rudolf Steiner y el Pensamiento viviente: cuando Conocer se convierte en Amar.  por Francesco Dipalo

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